miércoles, 17 de agosto de 2011

Éramos pocos y la abuela sin ayuda

Éramos pocos y parió la abuela. Nadie nunca se planteó quién tuvo las agallas de tener un encuentro amoroso con la abuela a su edad. Aún así tiene su derecho a la intimidad más erótica. El caso es que a la abuela le caen todas últimamente. Las pensiones ya de por sí son una soberana porquería, una ayuda para sobrevivir después de toda una vida de trabajo mal remunerado. Pues ahora, además, me encuentro en El País que Las Palmas reduce en tres millones la asistencia domiciliaria a ancianos. Unas mil personas dejarán de recibir esta prestación en Las Palmas de Gran Canaria. Juan José Cardona, alcalde del Ayuntamiento capitalino, intenta justificar lo injustificable diciendo que son las familias las que se deben hacerse cargo de los octogenarios que no se puedan valer por sí mismos. Claro. Ahora que no hay paro, ahora que no es difícil cambiar de empleo, ahora que nos resulta tan fácil llegar a
fin de mes con un trabajo de unas estúpidas 5 horas ganando una millonada, todos nosotros podemos hacernos cargo de un mayor dejando de lado el trabajo que trae comida a casa.


Nadie puede permitirse en estas épocas de vacas flacas irse de su puesto de trabajo para quedarse en casa cuidando un anciano que necesita infinitas atenciones. Lo suyo es crear trabajo y bajar el paro. Lo suyo es dar más y mejores prestaciones a los ancianos, no quitárselas. Y de paso se crea empleo, por cierto.

Pero los políticos capitalinos intentan con patética habilidad chantajearnos psicológicamente al decirnos que no cuidamos de nuestros padres y abuelos. Muchos no se lo pueden permitir, señor Cardona. Déjese de psicología barata.

Con tanto recorte social ya ni me sorprendería que cuando llegue en octubre a Madrid la facultad esté cerrada. ¿Para qué queremos una educación pública y de calidad? ¿Para qué una sanidad decente? ¡Volvamos todos a las cavernas mientras políticos y banqueros forran las paredes de sus casas con billetes de 500!

Hace poco comentaba con mi chico la necesidad de aprender a decir no. Como en el anuncio. No. No nos conformamos con sobrevivir. No nos conformamos con una educación con más agujeros que un colador, con una sanidad más lenta que una carrera de bacterias. Debemos decir no a los abusos de una clase política que se aleja cada vez más de una ciudadanía de la que un día, hace mucho tiempo (milenios, parece ser), formaron parte.

Mi chico, tan atento, con todos sus fallos, pero muy atento, no es capaz de decirle no a su abuela mientras estudia. Él sí que la cuida.

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